Ciencia y religión

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Introducción

Controlar el mundo

A menudo se sostiene que ciencia y religión son enemigas, porque ambas buscan la verdad, aunque cada una encuentra una verdad diferente.
El hecho es que la ciencia y la religión son aliadas. La ciencia está interesada sobre todo en el poder. La religión está interesada sobre todo en el orden. Juntas constituyen un equipo vencedor.

La ciencia es un asunto muy caro, y ha conseguido maravillas gracias únicamente a la voluntad de los gobiernos y negocios de canalizar miles de millones a la investigación y el desarrollo. No es que los gobiernos y los negocios hayan fundado la ciencia por pura curiosidad, sino porque creen que les puede ayudar a ganar más poder y lograr ciertos objetivos preciados. ¿Y quién establece estos objetivos? La ciencia no, sino las religiones y las ideologías.

Nuestras creencias religiosas e ideológicas son una fuente excepcional de financiación para la ciencia, y a cambio, consiguen dar forma a la vertiente científica y determinar qué hacer con los descubrimientos resultantes.

Artículos

Religión sin Dios

Todas las religiones que hemos discutido hasta ahora comparten una característica importante: todas ellas se centran en una creencia en dioses y en otras entidades sobrenaturales. Esto parece obvio a los occidentales, que están familiarizados principalmente con credos monoteístas y politeístas. De hecho, sin embargo, la historia religiosa del mundo no se reduce a la historia de los dioses. Durante el primer milenio a. de C., religiones de un tipo totalmente nuevo empezaron a extenderse por Afroasia. Los recién llegados, como el jainismo y el budismo en la India, el taoísmo y el confucianismo en China, y el estoicismo, el cinismo y el epicureísmo en la cuenca mediterránea, se caracterizaban porque hacían caso omiso de los dioses.

Estos credos sostenían que el orden sobrehumano que rige el mundo es el producto de leyes naturales y no de voluntades y caprichos divinos. Algunas de estas religiones de la ley natural continuaban aceptando la existencia de dioses, pero sus dioses estaban sujetos a las leyes de la naturaleza como lo estaban los humanos, los animales y las plantas. Los dioses tenían su nicho en el ecosistema, de la misma manera que los elefantes y los puercoespines tenían el suyo, pero no podían cambiar las leyes de la naturaleza, al igual que no pueden hacerlo los elefantes. Un ejemplo inmediato es el budismo, la más importante de las religiones antiguas de ley natural, que sigue siendo una de las creencias más extendidas.

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La guerra frente a la muerte

De todos los problemas ostensiblemente insolubles de la humanidad, hay uno que sigue siendo el más fastidioso, interesante e importante: el problema de la muerte. Antes de la era moderna tardía, la mayoría de religiones e ideologías daban por sentado que la muerte era nuestro destino inevitable. Además, la mayoría de confesiones convirtieron la muerte en la principal fuente de sentido en la vida. Intente el lector imaginar el islamismo, el cristianismo o la religión del antiguo Egipto en un mundo sin la muerte. Estas religiones enseñaban a la gente que tenían que aceptar la muerte y depositar sus esperanzas en la vida después de la muerte, en lugar de intentar superar la muerte e intentar vivir para siempre aquí en la Tierra. Las mejores mentes estaban atareadas en dar sentido a la muerte, no en intentar escapar de ella.

Tal es el tema del mito más antiguo que ha llegado hasta nosotros; el mito de Gilgamesh del antiguo Sumer. Su héroe es el hombre más fuerte y hábil del mundo, el rey Gilgamesh de Uruk, que podía vencer a cualquiera en combate. Un día, el mejor amigo de Gilgamesh, Enkidu, murió. Gilgamesh se sentó junto al cadáver y lo observó durante muchos días, hasta que vio que un gusano salía de la nariz de su amigo. En aquel momento, a Gilgamesh le invadió un terrible horror, y decidió que él nunca moriría. De alguna manera, encontraría el modo de vencer a la muerte. Gilgamesh emprendió entonces un viaje hasta los confines del universo, matando leones, luchando contra hombres escorpión y encontrando el camino hacia el infierno. Allí hizo añicos a los gigantes de piedra de Urshanabi y al barquero del río de los muertos, y encontró a Utnapishtim, el último superviviente del diluvio primordial. Pero Gilgamesh fracasó en su búsqueda. Volvió a su hogar con las manos vacías, tan mortal como siempre, pero con una nueva muestra de sabiduría. Cuando los dioses crearon al hombre, había descubierto Gilgamesh, dispusieron que la muerte fuera el destino inevitable del hombre, y el hombre ha de aprender a vivir con ello.

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Esclavos de los horarios

La Revolución Industrial abrió el camino a una larga cola de experimentos de ingeniería social y a una serie todavía más larga de cambios no premeditados en la vida cotidiana y en la mentalidad humana. Un ejemplo entre muchos es la sustitución de los ritmos de la agricultura tradicional por el horario uniforme y preciso de la industria.

La agricultura tradicional dependía de ciclos de tiempo natural y crecimiento orgánico. La mayoría de sociedades eran incapaces de efectuar mediciones precisas del tiempo, y tampoco estaban terriblemente interesadas en hacerlo. El mundo se ocupaba de sus quehaceres sin relojes ni horarios, sometido únicamente a los movimientos del Sol y a los ciclos de crecimiento de las plantas. No había una jornada laboral uniforme, y todas las rutinas cambiaban drásticamente de una estación a la siguiente. La gente sabía dónde estaba el Sol, y observaba ansiosa los posibles augurios de la estación de las lluvias y del tiempo de la cosecha, pero no sabían la hora y apenas se preocupaban por el año. Si un viajero en el tiempo que se hubiera perdido apareciera en una aldea medieval y preguntara a un transeúnte: “¿En qué año estamos?”, el aldeano quedaría tan sorprendido por la pregunta como por la ridícula vestimenta del extraño.

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El matrimonio entre ciencia y religión

Vivimos en una era técnica. Son muchos los que están convencidos de que la ciencia y la tecnología tienen las respuestas a todos nuestros problemas. Sólo hemos de dejar a los científicos y técnicos que sigan con su trabajo, y crearán el cielo aquí en la Tierra. Pero la ciencia no es una empresa que tenga lugar en algún plano moral o espiritual superior por encima del resto de la actividad humana. Como todas las otras partes de nuestra cultura, está modelada por intereses económicos, políticos y religiosos.

La ciencia es un asunto muy caro. Un biólogo que quiera entender el sistema inmune humano necesita laboratorios, tubos de ensayo, productos químicos y microscopios electrónicos, por no mencionar ayudantes de laboratorio, electricistas, fontaneros y limpiadores. Un economista que pretenda modelar mercados de crédito ha de comprar ordenadores, organizar enormes bancos de datos y desarrollar complicados programas de procesamiento de datos. Un arqueólogo que desee comprender el comportamiento de los antiguos cazadores-recolectores ha de viajar a tierras lejanas, excavar ruinas antiguas y datar huesos fosilizados y artefactos. Todo esto cuesta dinero.

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