Dinero y política

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Introducción

Confiar en el mundo

El homo sapiens evolucionó para dividir a la gente en el pensamiento entre nosotros y ellos. “Nosotros” era el grupo más cercano alrededor de uno mismo, fuera quien fuera, y “ellos” era el resto. De hecho, ningún animal social se guía nunca por los intereses de las especies enteras a las que pertenece. A ningún chimpancé le preocupa los intereses de las especies de chimpancés, ni ningún caracol levantaría un tentáculo por la comunidad internacional de caracoles, ni ningún león macho alfa presentará una oferta para convertirse en el rey de todos los leones, ni a la entrada de ninguna colmena encontraremos nunca el eslogan: “abejas trabajadoras del mundo, ¡unámonos!

Pero a lo largo de los últimos milenios, el homo sapiens ha ido ganando cada vez más excepcionalidad en lo que a esto respecta. Las personas comenzaron a cooperar de un modo habitual con auténticos extraños, a los que imaginaban como “hermanos” o “amigos”. Hoy en día, toda la humanidad se ha convertido en una única red de cooperación. Aunque incluso hoy en día no todo el mundo cree en el mismo dios ni obedece al mismo gobierno, todos quieren usar el mismo dinero. A Osama bin-Laden, pese a todo su odio hacia la cultura, la religión y la política estadounidenses, le encantaban los dólares estadounidenses. ¿Cómo pudo el dinero conseguir lo que no lograron ni dioses ni reyes?

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¿Cómo funciona el dinero?

Los cauríes y los dólares sólo tienen valor en nuestra imaginación común. Su valor no es intrínseco de la estructura química de las conchas y el papel, ni de su color, ni de su forma. En otras palabras, el dinero no es una realidad material; es un constructo psicológico. Funciona al convertir materia en mente. Pero, ¿por qué tiene éxito? ¿Por qué desearía nadie cambiar un fértil arrozal por un puñado de inútiles conchas de caurí? ¿Por qué querríamos preparar hamburguesas a la plancha, vender seguros de enfermedad o hacer de canguro de tres mocosos detestables si todo lo que obtendremos por nuestro esfuerzo son unos pocos pedazos de papel coloreado?

La gente está dispuesta a hacer estas cosas cuando confía en las invenciones de su imaginación colectiva. La confianza es la materia bruta a partir de la que se acuñan todos los tipos de dinero. Cuando un granjero rico vendió sus posesiones por un saco de cauríes y viajó con ellos a otra provincia, confiaba en que al llegar a su destino otras personas estarían dispuestas a venderle arroz, casas y campos a cambio de las conchas. En consecuencia, el dinero es un sistema de confianza mutua, y no cualquier sistema de confianza mutua: El dinero es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás se haya inventado. Personas que no creen en el mismo dios ni obedecen al mismo rey están más que dispuestas a utilizar la misma moneda. A Osama bin Laden, con todo su odio a la cultura americana, la religión americana y la política americana, le encantaban los dólares americanos.

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Imperio

 

Los antiguos romanos estaban acostumbrados a ser derrotados. Al igual que los mandatarios de la mayor parte de los grandes imperios de la historia, podían perder batalla tras batalla pero aun así ganar la guerra. Un imperio que no puede aguantar un golpe y seguir de pie no es realmente un imperio. Pero incluso los romanos encontraron difícil tragar las noticias que llegaban del norte de Iberia, a mediados del siglo II a. de C. Una pequeña e insignificante ciudad de montaña llamada Numancia, habitada por los celtas nativos de la península, se había atrevido a librarse del yugo romano. En aquel tiempo, Roma era la dueña indiscutible de la cuenca mediterránea, después de haber vencido a los imperios macedonio y seléucida, sometido a las orgullosas ciudades-estado de Grecia y convertido Cartago en una ruina humeante. Los numantinos no tenían a su favor más que un gran amor por la libertad y su inhóspito terreno. Pero obligaron a una legión tras otra a rendirse o a retirarse con deshonor.

Finalmente, en 134 a. de C., la paciencia de Roma llegó a su fin. El senado decidió enviar a Escipión Emiliano, el principal general romano, el hombre que había arrasado Cartago, para que se encargara de los numantinos. Se le facilitó un ejército enorme, de más de 30.000 soldados. Escipión, que respetaba el espíritu de lucha y la habilidad marcial de los numantinos, prefirió no debilitar a sus soldados en combates innecesarios. En lugar de ello, rodeó Numancia con una línea de fortificaciones, bloqueando el contacto del pueblo con el mundo exterior. El hambre hizo su trabajo por él. Transcurrido más de un año, los recursos alimentarios se acabaron. Cuando los numantinos se dieron cuenta de que se había perdido toda esperanza, incendiaron su pueblo; según los relatos romanos, la mayoría se suicidaron para no convertirse en esclavos de Roma.

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