Futuro

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Introducción

Actualizar el mundo

Cuando pensamos en el futuro, por lo general pensamos en un mundo donde la gente que es idéntica a nosotros en todos los aspectos importantes disfruta de las mejores tecnologías (pistolas láser, robots inteligentes y naves espaciales que viajan a la velocidad de la luz. Es más, el potencial revolucionario de las tecnologías futuras cambiará al propio homo sapiens, especialmente nuestros cuerpos y mentes, y no simplemente nuestros vehículos y armas. Lo más impresionante acerca del futuro no serán las naves espaciales, sino los seres que las piloten.

Los seres humanos evolucionarán a dioses. Esto es, los seres humanos adquirirán aptitudes consideradas divinas en el pasado, como la eterna juventud, la lectura de la mente y la capacidad de crear vida.

Los físicos definen el Big Bang como una singularidad. Es un punto en el que todas las leyes de la naturaleza conocidas no funcionaron. El tiempo tampoco existía. Por tanto, no tiene sentido decir que “antes” del Big Bang no existió nada. Es probable que nos estemos acercando a pasos forzados a una singularidad, donde todos los conceptos que dotan de significado a nuestro mundo (yo, tú, hombres, mujeres, amor y odio) pasarán a ser irrelevantes. Todo lo que suceda más allá de ese punto carecerá de sentido para nosotros.

Conferencias

Artículos

La guerra frente a la muerte

De todos los problemas ostensiblemente insolubles de la humanidad, hay uno que sigue siendo el más fastidioso, interesante e importante: el problema de la muerte. Antes de la era moderna tardía, la mayoría de religiones e ideologías daban por sentado que la muerte era nuestro destino inevitable. Además, la mayoría de confesiones convirtieron la muerte en la principal fuente de sentido en la vida. Intente el lector imaginar el islamismo, el cristianismo o la religión del antiguo Egipto en un mundo sin la muerte. Estas religiones enseñaban a la gente que tenían que aceptar la muerte y depositar sus esperanzas en la vida después de la muerte, en lugar de intentar superar la muerte e intentar vivir para siempre aquí en la Tierra. Las mejores mentes estaban atareadas en dar sentido a la muerte, no en intentar escapar de ella.

Tal es el tema del mito más antiguo que ha llegado hasta nosotros; el mito de Gilgamesh del antiguo Sumer. Su héroe es el hombre más fuerte y hábil del mundo, el rey Gilgamesh de Uruk, que podía vencer a cualquiera en combate. Un día, el mejor amigo de Gilgamesh, Enkidu, murió. Gilgamesh se sentó junto al cadáver y lo observó durante muchos días, hasta que vio que un gusano salía de la nariz de su amigo. En aquel momento, a Gilgamesh le invadió un terrible horror, y decidió que él nunca moriría. De alguna manera, encontraría el modo de vencer a la muerte. Gilgamesh emprendió entonces un viaje hasta los confines del universo, matando leones, luchando contra hombres escorpión y encontrando el camino hacia el infierno. Allí hizo añicos a los gigantes de piedra de Urshanabi y al barquero del río de los muertos, y encontró a Utnapishtim, el último superviviente del diluvio primordial. Pero Gilgamesh fracasó en su búsqueda. Volvió a su hogar con las manos vacías, tan mortal como siempre, pero con una nueva muestra de sabiduría. Cuando los dioses crearon al hombre, había descubierto Gilgamesh, dispusieron que la muerte fuera el destino inevitable del hombre, y el hombre ha de aprender a vivir con ello.

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La última guerra

Los estados independientes que vinieron después de estos imperios estaban muy poco interesados en la guerra. Con muy pocas excepciones, desde 1945 ya no hay estados que invadan a otros estados con el fin de incorporarlos. Tales conquistas habían sido el pan de cada día de la historia política desde tiempo inmemorial. Así fue como se establecieron la mayor parte de grandes imperios, y como la mayoría de gobernantes y de poblaciones esperaban que fueran las cosas. Pero campañas de conquista como las de los romanos, los mongoles y los otomanos no pueden ocurrir en la actualidad en ningún lugar del mundo. Desde 1945, ningún país independiente reconocido por las Naciones Unidas ha sido conquistado y eliminado del mapa. Todavía ocurren de vez en cuando guerras internacionales limitadas, y todavía mueren en las guerras millones de personas, pero las guerras ya no son la norma. Una persona puede ahogarse en una poza. También puede morir en una guerra internacional. Pero sumideros locales como la segunda guerra del Congo o la primera guerra de Afganistán no cambian el panorama general.

Muchas personas creen que la desaparición de la guerra internacional es exclusiva de las democracias ricas de Europa Occidental. En realidad, la paz alcanzó Europa después de que prevaleciera en otras partes del mundo. Así, las últimas guerras internacionales graves entre países sudamericanos fueron la guerra de Perú-Ecuador de 1941 y la guerra de Bolivia-Paraguay de 1932-35. Y antes de estas no había habido una guerra seria entre países sudamericanos desde 1879-1884, con Chile en un bando y Bolivia y Perú en el otro.

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Fecha de caducidad: los humanos han pasado su fecha de caducidad

En la actualidad, sólo se ha realizado una pequeña fracción de estas nuevas oportunidades. Pero el mundo de 2014 ya es un mundo en el que la cultura se libera de los grilletes de la biología. Nuestra capacidad de manipular no sólo el mundo que nos rodea, sino sobre todo el mundo que hay en el interior de nuestro cuerpo y nuestra mente, se desarrolla a una velocidad vertiginosa. Cada vez hay más esferas de actividad que son expulsadas de sus maneras de actuar satisfechas de sí mismas. Los abogados necesitan repensar cuestiones de privacidad e identidad; los gobiernos se ven obligados a repensar cuestiones de atención sanitaria y de igualdad; las asociaciones deportivas y las instituciones educativas necesitan redefinir el juego limpio y los logros; los fondos de pensiones y los mercados laborales deberán reajustarse ante un mundo en el que los sesenta años podrían ser los nuevos treinta. Todos deberán tratar de los asuntos complejos de la bioingeniería, los ciborgs y la vida inorgánica.

Para mapear el primer genoma humano hicieron falta quince años y 3.000 millones de dólares. Hoy en día se puede mapear el DNA de una persona en pocas semanas y a un coste de unos cuantos cientos de dólares. La era de la medicina personalizada (medicina que adapta el tratamiento al DNA) ya ha comenzado. El médico de familia pronto podrá decirnos con la mayor certeza que nos enfrentamos a un riesgo elevado de cáncer de hígado, mientras que no tenemos que preocuparnos demasiado por los ataques al corazón. Podrá determinar que un medicamento popular que ayuda al 92 por ciento de la población es inútil para nosotros, que en cambio deberíamos tomar otra píldora, fatal para muchas personas, pero que es exactamente la que necesitamos. Ante nosotros se abre el camino hacia la medicina casi perfecta.

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