Poder e imaginación

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Introducción

Soñar con el mundo

El homo sapiens gobierna el mundo, porque somos el único animal capaz de cooperar con agilidad en grupos numerosos. Podemos crear redes de cooperación masivas, donde miles de millones de auténticos extraños colaborarán juntos por objetivos comunes. Uno a uno, o incluso de diez en diez, los seres humanos nos parecemos excesivamente a los chimpancés. Todo intento por comprender nuestra función exclusiva en el mundo estudiando nuestros cerebros, nuestros cuerpos o nuestras relaciones familiares, está condenado al fracaso. La auténtica diferencia entre nosotros y los chimpancés es el pegamento misterioso que permite la cooperación efectiva de millones de seres humanos.

Este pegamento misterioso está compuesto de historias, y no de genes. Cooperamos de forma eficaz con extraños porque creemos en cosas como los dioses, las naciones, el dinero y los derechos humanos. Sin embargo, nada de estas cosas existe al margen de las historias que la gente inventa y nos contamos los unos a los otros. No hay dioses en el universo, ni naciones, ni dinero ni derechos humanos, a excepción de la imaginación común de los seres humanos. Nunca podremos convencer a un chimpancé para que nos dé un plátano prometiéndole que una vez que muera, tendrá todos los plátanos que quiera en el paraíso de los chimpancés. Solo el homo sapiens puede creerse estas historias. Es por ello por lo que gobernamos el mundo, y los chimpancés están encerrados en zoos y laboratorios de investigación.

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Grandes cerebros = Grandes problemas

En una excursión por África Oriental hace dos millones de años, bien pudiéramos haber encontrado un reparto familiar de personajes humanos: madres ansiosas que acariciarían a sus bebés y grupos de niños despreocupados que jugarían en el fango; adolescentes temperamentales que se enfadarían ante los dictados de la sociedad, y ancianos cansados que sólo querrían que se les dejara en paz; machos que se golpearían el pecho intentando impresionar a la belleza local, y matriarcas sabias y viejas que ya lo habrían visto todo. Estos humanos arcaicos amaban, jugaban, formaban amistades íntimas y competían por nivel social y poder… pero también lo hacían los chimpancés, los papiones y los elefantes. No había nada de especial en ellos. Nadie, y mucho menos los propios humanos, tenían ningún atisbo de que sus descendientes caminarían un día sobre la Luna, dividirían el átomo, desentrañarían el código genético y escribirían libros de historia. Lo más importante que hay que saber acerca de los humanos prehistóricos es que eran animales insignificantes que no ejercían más impacto sobre su ambiente que los gorilas, las luciérnagas o las medusas.

Estamos acostumbrados a pensar en nosotros como la única especie humana que hay, porque durante los últimos diez mil años nuestra especie ha sido, efectivamente, la única especie humana de estos pagos. Pero el significado real de la palabra humano es “un animal que pertenece al género Homo”, y hubo otras muchas especies de este género además de Homo sapiens. Además, como veremos en el último capítulo del libro, quizá en el futuro no muy distante tendremos que habérnoslas de nuevo con humanos no sapiens. Para clarificar este punto, usaré a menudo el término “sapiens” para denotar a los miembros de la especie Homo sapiens, mientras que reservaré el término “humano” para referirme a todos los miembros actuales del género Homo.

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las cosas más importantes en el mundo solo existen en nuestra imaginación

Leyendas, mitos, dioses y religiones aparecieron por primera vez con la Revolución Cognitiva. Muchos animales y especies humanas podían decir previamente “¡Cuidado! ¡Un león!”. Gracias a la Revolución Cognitiva, Homo sapiens adquirió la capacidad de decir: “El león es el espíritu guardián de nuestra tribu”. Esta capacidad de hablar sobre ficciones es la característica más única del lenguaje de los sapiens.
Es relativamente fácil ponerse de acuerdo en que sólo Homo sapiens puede hablar sobre cosas que no existen realmente, y creerse seis cosas imposibles antes del desayuno. No convenceremos nunca a un mono para que nos dé un plátano con la promesa de que después de morir tendrá un número ilimitado de bananas a su disposición en el cielo de los monos. Pero, ¿por qué es eso importante? Después de todo, la ficción puede ser peligrosamente engañosa o perturbadora. Parecería que la gente que va al bosque en busca de hadas y unicornios tendría menos probabilidades de supervivencia que la que va en busca de setas y ciervos. Y si uno se pasa horas rezando a espíritus guardianes inexistentes, ¿no está perdiendo un tiempo precioso, tiempo que se invertiría mejor buscando comida, luchando o fornicando?

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¿Quién domesticó a los humanos?

Los entendidos proclamaron antaño que la revolución agrícola fue un gran salto adelante para la humanidad. Contaban un relato de progreso animado por la capacidad cerebral humana. La evolución produjo cada vez personas más inteligentes. Al final, la gente era tan espabilada que pudieron descifrar los secretos de la naturaleza, lo que les permitió amansar a las ovejas y cultivar trigo. Tan pronto como esto ocurrió, abandonaron alegremente la vida agotadora, peligrosa y a menudo espartana de los cazadores-recolectores, y se establecieron para gozar de la vida placentera y de hartazgo de los agricultores.

Este relato es una fantasía. No hay ninguna prueba de que las personas se hicieran más inteligentes con el tiempo. Los cazadores-recolectores conocían los secretos de la naturaleza mucho antes de la Revolución Agrícola, puesto que su supervivencia dependía de un conocimiento cabal de los animales que cazaban y de las plantas que recolectaban. En lugar de anunciar una nueva era de vida fácil, la Revolución Agrícola dejó a los agricultores con una vida generalmente más difícil y menos satisfactoria que la de los cazadores-recolectores. Los cazadores-recolectores pasaban el tiempo de maneras más estimulantes y variadas, y tenían menos peligro de padecer hambre y enfermedades. Ciertamente, la Revolución Agrícola amplió la suma total de alimento a disposición de la humanidad, pero el alimento adicional no se tradujo en una dieta mejor o en más ratos de ocio. En cambio, se tradujo en explosiones demográficas y elites consentidas. El agricultor medio trabajaba más duro que el cazador-recolector medio, y a cambio obtenía una dieta peor. La Revolución Agrícola fue el mayor fraude de la historia.

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