¿Vamos hacia una época de guerras?

Opinión

Con la invasión de Ucrania Putin ha puesto fin a la época más pacífica de la historia humana

Guerra Ucrania - Rusia, en directo

TOPSHOT - This photograph taken on November 30, 2022 shows a 2S3 Akatsiya (Self propelled howitzer) firing a shell towards Russian positions in a field near an undisclosed frontline position in eastern Ukraine, amid the Russian invasion of Ukraine. (Photo by Yevhen TITOV / AFP)

Militares ucranianos lanzan un misil contra posiciones rusas en algún punto del frente en Ucrania

YEVHEN TITOV / AFP

Publiqué hace unos años un libro titulado 21 lecciones para el siglo XXI y dediqué uno de los capítulos al futuro de la guerra. Subtitulado “Jamás subestimemos la estupidez humana”, dicho capítulo sostenía que las primeras décadas del siglo XXI habían sido la época más pacífica de la historia humana, y que librar guerras ya no tenía demasiado sentido económico ni geopolítico. Aunque esa realidad no garantizaba en modo alguno la paz, porque la “estupidez humana es una de las fuerzas más importantes de la historia” e “incluso los líderes racionales terminan con frecuencia haciendo cosas muy estúpidas”.

A pesar de esas reflexiones, en febrero de 2022 me quedé muy sorprendido ante el intento de Vladímir Putin de conquistar Ucrania. Tan destructivas eran para la propia Rusia y para toda la humanidad las repercusiones previsibles de semejante eventualidad que había parecido un movimiento improbable incluso para un ser megalómano y despiadado. Sin embargo, el autócrata ruso optó por poner fin en febrero a la época más pacífica de la historia humana y empujar a la humanidad hacia una nueva época de guerra que podría ser peor que cuanto hemos visto hasta ahora. De hecho, podría amenazar la supervivencia misma de nuestra especie.

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Alex Suárez Font
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Se trata de una tragedia, sobre todo porque las últimas décadas han demostrado que la guerra no es una fuerza inevitable de la naturaleza. Es una elección humana que varía de lugar en lugar y de época en época. Desde 1945, no hemos visto ningún caso de guerra entre grandes potencias, ni ningún caso de destrucción mediante conquista exterior de un Estado reconocido internacionalmente. Los conflictos regionales y locales más limitados han seguido siendo relativamente habituales; vivo en Israel, así que lo sé muy bien. Sin embargo, a pesar de la ocupación israelí de Cisjordania, rara vez los países han intentado ampliar de forma unilateral sus fronteras mediante la violencia. Y ésa es una de las razones por las que la ocupación israelí ha recibido tanta atención y tantas críticas. Lo que fue norma durante miles de años de historia imperial se ha convertido hoy en anatema.

Incluso teniendo en cuenta las guerras civiles, las insurgencias y el terrorismo, las guerras han matado en las últimas décadas a muchas menos personas que los suicidios, los accidentes de tráfico o las enfermedades relacionadas con la obesidad. En 2019, unas 70.000 personas murieron en conflictos armados o tiroteos policiales, unas 700.000 se suicidaron, 1,3 millones fallecieron en accidentes de tráfico y 1,5 millones fallecieron de diabetes.

Ahora bien, la paz no ha sido sólo cuestión de cifras. Es posible que el cambio más importante de las últimas décadas haya sido psicológico. Durante miles de años, la paz significó una “ausencia temporal de guerra”. Por ejemplo, en medio de las tres guerras púnicas libradas por Roma y Cartago hubo décadas de paz, pero cualquier romano y cualquier cartaginés sabía que aquella “paz púnica” podía romperse en cualquier momento. La política, la economía y la cultura estuvieron condicionadas por las constantes expectativas bélicas.

A finales del siglo XX y principios del XXI, el significado de la palabra paz cambió. Si la Antigua Paz sólo significaba una “ausencia temporal de guerra”, la Nueva Paz pasó a significar la “improbabilidad de la guerra”. En muchas regiones del mundo (aunque no en todas), los países dejaron de temer que sus vecinos pudieran invadirlos y destruirlos. Los tunecinos dejaron de inquietarse ante una invasión italiana, los costarricenses no creían que el ejército nicaragüense pudiera avanzar sobre San José y los samoanos no temían la repentina aparición en el horizonte de una flota de guerra fiyiana. ¿Cómo sabemos que los países dejaron de preocuparse por esas cosas? Por los presupuestos estatales.

Algunos líderes tienen tanta sed de poder que son capaces de arrastrarnos a un Armagedón nuclear

Hasta hace poco, cabía esperar que el ejército fuera la primera partida presupuestaria en imperios, sultanatos, reinos y repúblicas. Los gobiernos gastaban poco en sanidad y educación, porque la mayoría de los recursos se destinaban a pagar a soldados, construir murallas y barcos de guerra. El Imperio romano gastaba entre el 50% y el 75% de su presupuesto en el ejército; la cifra fue de un 80% en el Imperio Sung (960-1279); y del 60% en el Imperio otomano de finales del siglo XVII. Entre 1685 y 1813, la proporción del desembolso militar en el gasto público británico nunca bajó del 55% y fue del 75% de media. Durante los grandes conflictos del siglo XX, tanto las democracias como los regímenes totalitarios no dudaron en incurrir en un gran endeudamiento para financiar ametralladoras, tanques y submarinos. Es lo razonable cuando tememos que, en cualquier momento, los vecinos nos invadan, saqueen nuestras ciudades, esclavicen a nuestro pueblo y se anexionen nuestra tierra.

Los presupuestos estatales en la época de la Nueva Paz constituyen un material de lectura mucho más esperanzador que cualquier tratado pacifista jamás escrito. A principios del siglo XXI, el gasto público medio dedicado al ejército era sólo del 6,5%; e incluso Estados Unidos, la superpotencia dominante, gastaba únicamente en torno al 11% para mantener su supremacía. Dado que la población ya no vivía atenazada por el miedo a una invasión exterior, los gobiernos podían invertir en sanidad, asistencia social y educación mucho más dinero que en el ejército. El gasto medio en sanidad, por ejemplo, ha sido del 10,5% del presupuesto nacional, es decir, aproximadamente 1,6 veces el presupuesto de defensa. Para mucha gente hoy en día, el hecho de que el presupuesto de sanidad sea mayor que el de las fuerzas armadas constituye un hecho anodino. No obstante, si damos por sentada la Nueva Paz y, por lo tanto, la descuidamos, no tardaremos en perderla.

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La Nueva Paz ha sido el resultado de tres fuerzas principales. En primer lugar, los cambios tecnológicos y, por encima de todo, el desarrollo de las armas nucleares han aumentado sobremanera el precio de la guerra, especialmente entre superpotencias. La bomba atómica convirtió la guerra entre superpotencias en un acto insensato de suicidio colectivo, razón por la cual desde Hiroshima y Nagasaki las superpotencias no han entrado en guerra de modo directo entre sí.

En segundo lugar, los cambios económicos han disminuido muchísimo los beneficios de la guerra. Antaño los activos económicos clave eran recursos materiales que podían conquistarse por la fuerza. Cuando Roma derrotó a Cartago en las guerras púnicas, se enriqueció saqueando a su rival derrotado, vendiendo a los vencidos como esclavos y apoderándose de las minas de plata de la península ibérica y los campos de trigo del norte de África. Ahora bien, en las últimas décadas, los conocimientos científicos, técnicos y organizativos se han convertido en los activos económicos más importantes de muchos lugares. Silicon Valley no tiene minas de silicio. Compañías muchas veces billonarias como Microsoft y Google se alzan sobre lo que ingenieros y emprendedores tienen en la mente, no bajo los pies. Y, si bien resulta fácil apoderarse por la fuerza de unas minas de plata, no es posible adquirir de igual modo el conocimiento. Esa realidad económica ha provocado un fuerte descenso de la rentabilidad de la conquista.

Aunque las guerras por los recursos materiales no han dejado de ser características de ciertas partes del mundo (como Oriente Medio), las grandes economías del período posterior a 1945 crecieron sin conquistas imperiales. Alemania, Japón e Italia vieron la descomposición de sus ejércitos y el empequeñecimiento de sus territorios; pero, tras la guerra, esas economías experimentaron un auge. El milagro económico chino se ha logrado sin la entrada en ninguna guerra importante desde 1979.

Si Putin tiene éxito, el resultado será el colapso final del orden mundial y la Nueva Paz

En el momento de escribir estas líneas, a principios de noviembre, los soldados rusos saquean la ciudad ucraniana de Jersón y envían a Rusia camiones llenos de alfombras y tostadoras robadas de los hogares ucranianos. Eso no hará rica a Rusia ni compensará a los rusos por el enorme coste de la guerra.

No obstante, como demuestra la invasión de Ucrania por Putin, los cambios tecnológicos y económicos no han bastado por sí solos para producir la Nueva Paz. Algunos dirigentes políticos muestran tanta sed de poder y tanta irresponsabilidad que son capaces de iniciar una guerra por más que resulte económicamente ruinosa para su país y arrastre a toda la humanidad a un Armagedón nuclear. En consecuencia, el tercer pilar esencial de la Nueva Paz ha sido cultural e institucional.

Las sociedades humanas han estado dominadas durante mucho tiempo por culturas militaristas que veían la guerra como algo inevitable e incluso deseable. Los aristócratas de Roma y Cartago creían que la gloria militar era el logro culminante de una vida y el camino ideal hacia el poder y la riqueza. En eso coincidieron poetas como Virgilio y Horacio, que dedicaron su talento a cantar a las armas y los guerreros, glorificar sangrientas batallas e inmortalizar a brutales conquistadores. Durante la época de la Nueva Paz, los artistas han dedicado su talento a denunciar los horrores de la guerra; mientras que los políticos han intentado dejar su huella iniciando reformas sanitarias y no saqueando ciudades extranjeras. Dirigentes de todo el mundo (influidos por el miedo a la guerra nuclear, los cambios en la naturaleza de la economía y las nuevas tendencias culturales) han unido sus fuerzas para construir un orden mundial que permitiera a los países desarrollarse de forma pacífica y, al mismo tiempo, contener a los esporádicos belicistas.

Ese orden mundial se ha basado en ideales liberales, a saber: que todos los seres humanos merecen las mismas libertades básicas, que ningún grupo humano es intrínsecamente superior a los demás y que todos los seres humanos comparten experiencias, valores e intereses fundamentales. Esos ideales han alentado a los dirigentes a evitar la guerra y a colaborar en la protección de unos valores comunes y la promoción de unos intereses comunes. El orden mundial liberal vincula la creencia en los valores universales al funcionamiento pacífico de las instituciones globales.

Aunque dicho orden global dista mucho de ser perfecto, no sólo ha mejorado la vida de las personas en los antiguos centros imperiales como Gran Bretaña y Estados Unidos, sino también en muchas otras partes del mundo, desde la India hasta Brasil y desde Polonia hasta China. Países de todos los continentes se han beneficiado del aumento del comercio y las inversiones mundiales, y casi todos los países han disfrutado de los dividendos de la paz. No sólo Dinamarca y Canadá han podido transferir recursos de los tanques a los profesores, también lo han hecho Nigeria e Indonesia.

Todo el se queje de los defectos del orden mundial liberal debe responder primero a una sencilla pregunta: ¿en qué década se ha encontrado la humanidad en mejores condiciones que en la década de 2010? ¿Qué década es, en su opinión, la edad de oro perdida? ¿La década de 1910, con la primera guerra mundial, la Revolución bolchevique, las leyes Jim Crow de segregación racial en Estados Unidos y la brutal explotación de buena parte de África y Asia por los imperios europeos? ¿La década de 1810, con el sangriento apogeo de las guerras napoleónicas, los campesinos rusos y chinos oprimidos por sus aristocráticos señores, la Compañía de las Indias Orientales asegurándose el control de la India y una esclavitud aún legal en Estados Unidos, Brasil y la mayor parte del resto del mundo? ¿O acaso la década de 1710, con la guerra de Sucesión española, la gran guerra del Norte por la supremacía en el Báltico, las guerras de sucesión entre mongoles y la muerte antes de llegar a la edad adulta como consecuencia de la desnutrición y las enfermedades de un tercio de los niños de todo el mundo?

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La Nueva Paz no ha sido el resultado de un milagro divino. Se alcanzó gracias a que los seres humanos tomaron mejores decisiones y construyeron un orden mundial que funcionaba. Por desgracia, fueron demasiados los que dieron por sentado ese logro. Quizás supusieron que la Nueva Paz estaba garantizada sobre todo por las fuerzas tecnológicas y económicas, y que podría sobrevivir sin el tercer pilar: el orden global liberal. Por consiguiente, ese orden fue primero descuidado y luego atacado con creciente ferocidad.

El ataque empezó con Estados delincuentes. Irán y dirigentes delincuentes como Putin, pero por sí solos no eran lo bastante fuertes para acabar con la Nueva Paz. Lo que contribuyó de verdad a socavar el orden mundial fue que tanto los países que más se habían beneficiado de él (incluidos China, la India, Brasil y Polonia) como los países que habían participado en su creación (en especial, el Reino Unido y Estados Unidos) le dieron la espalda. El voto del Brexit y la elección de Donald Trump en 2016 simbolizaron este giro.

Quienes han desafiado el orden liberal mundial no deseaban en su mayoría la guerra. Sólo querían defender lo que consideran que son los intereses de su país, y han argumentado que todo Estado-nación debe defender y desarrollar su identidad y sus tradiciones sagradas. Lo que nunca han explicado es cómo iban a tratar esos países diferentes unos con otros todos en ausencia de unos valores universales y unas instituciones globales. Los opositores al orden mundial no han ofrecido ninguna alternativa clara. Parecían pensar que, de algún modo, los distintos países se llevarían bien y que el mundo se convertiría en una red de fortalezas amuralladas pero amistosas.

Sin embargo, las fortalezas rara vez son amistosas. Toda fortaleza nacional suele querer para sí un poco más de tierra, seguridad y prosperidad a expensas de sus vecinas; y, sin el concurso de unos valores universales y unas instituciones globales, las fortalezas rivales no pueden ponerse de acuerdo sobre ninguna regla común. El modelo de la red de fortalezas era una receta para el desastre.

Y el desastre no se hizo esperar. La pandemia puso de manifiesto que, en ausencia de una cooperación mundial eficaz, la humanidad no puede protegerse de amenazas comunes como los virus. Quizás fue entonces, al observar cómo la covid erosionaba aun más la solidaridad mundial, cuando Putin llegó a la conclusión de que podía asestar el golpe de gracia y romper el mayor tabú de la época de la Nueva Paz. Pensó que si conquistaba Ucrania y la incorporaba a Rusia, algunos países harían algunos aspavientos de incredulidad y lo condenarían, pero que nadie tomaría medidas efectivas contra él.

El argumento de que Putin se vio empujado en contra de su voluntad a invadir Ucrania para anticiparse a un ataque occidental es propaganda absurda. Una vaga amenaza occidental no constituye una excusa legítima para destruir un país, saquear sus ciudades, violar y torturar a sus ciudadanos e infligir un sufrimiento indecible a decenas de millones de hombres, mujeres y niños. Que quien crea que Putin no tenía otra opción diga qué país se preparaba para invadir Rusia en 2022. ¿Alguien considera que el ejército alemán se concentraba con objeto de cruzar la frontera? ¿Alguien imagina que Napoleón salió de la tumba para dirigir de nuevo su Grande Armée hasta Moscú y que Putin no tuvo más remedio que adelantarse a la inminente arremetida francesa? Y no hay que olvidar que Putin ya invadió Ucrania en 2014, que 2022 no ha sido la primera vez.

Putin ha preparado la invasión durante mucho tiempo. Nunca aceptó la desintegración del Imperio ruso y nunca vio a Ucrania, Georgia o cualquiera de las otras repúblicas post-soviéticas como países independientes legítimos. Por ello, mientras que (como se ha señalado anteriormente) la media de los gastos militares ha representado en torno al 6,5% de los presupuestos nacionales en todo el mundo y el 11% en Estados Unidos, en Rusia han sido muy superiores. No sabemos el porcentaje exacto, porque constituye un secreto de Estado. Sin embargo, las estimaciones sitúan la cifra en torno al 20%, y puede que incluso supere el 30%.

Si la apuesta de Putin tiene éxito, el resultado será el colapso final del orden mundial y la Nueva Paz. Los autócratas de todo el mundo aprenderán que las guerras de conquista vuelven a ser posibles; y también las democracias se verán obligadas a militarizarse para protegerse. Ya hemos visto cómo la agresión rusa ha llevado a países como Alemania a aumentar drásticamente su presupuesto de defensa de la noche a la mañana, y a países como Suecia a reintroducir el servicio militar obligatorio. De modo que el dinero que debería destinarse a profesores, enfermeras y trabajadores sociales irá a parar a los tanques, los misiles y las armas cibernéticas. A los 18 años, los jóvenes de todo el mundo harán el servicio militar obligatorio. El mundo entero se parecerá a Rusia: un país con un ejército sobredimensionado y hospitales infradotados. El resultado será una nueva época de guerras, pobreza y enfermedades. En cambio, si a Putin se le paran los pies y se lo castiga, el orden mundial no se romperá como consecuencia de su comportamiento, sino que se fortalecerá. Todo el que necesite un recordatorio redescubrirá que, sencillamente, esas cosas no se pueden hacer.

¿Cuál de esos dos escenarios se materializará? Por fortuna para el mundo, pese a todos sus preparativos militares, Putin no contaba con un factor crucial: el coraje del pueblo ucraniano. Los ucranianos han hecho que los rusos retrocedieran tras una serie de asombrosas victorias cerca de Kyiv, Járkov y Jersón. Sin embargo, Putin se ha negado hasta ahora a reconocer su error y reacciona a la derrota con redoblada brutalidad. Al ver que su ejército no puede superar a los soldados ucranianos en el frente de batalla, intenta ahora matar de frío a los civiles ucranianos impidiendo que tengan calefacción en sus casas. Es imposible predecir cómo acabará la guerra, como también lo es predecir la suerte de la Nueva Paz.

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La Historia no es nunca determinista. Tras el final de la Guerra Fría, muchos pensaron que la paz era inevitable y que continuaría por más que descuidáramos el orden mundial. Tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia, algunos han pasado a sostener la opinión contraria: que la paz siempre había sido una ilusión, que la guerra es una fuerza ingobernable de la naturaleza y que la única elección que tienen los seres humanos es decidir ser presas o depredadores.

Ambas posturas son erróneas. La guerra y la paz son decisiones, no fatalidades. Las guerras las hacen las personas, no una ley de la naturaleza. Y, del mismo modo que hacen la guerra, los seres humanos también pueden hacer la paz. Ahora bien, hacer la paz no es una decisión única, que se tome una sola vez para siempre. Es un esfuerzo a largo plazo por proteger las normas y los valores universales, y por construir instituciones cooperativas.

Reconstruir el orden mundial no significa volver al sistema que se desintegró en la década de 2010. Un orden mundial nuevo y mejor debería conceder papeles más importantes a las potencias no occidentales que estén dispuestas a formar parte de él. También debería reconocer la relevancia de las lealtades nacionales. El orden mundial se desintegró ante todo por el asalto de las fuerzas populistas, según las cuales las lealtades patrióticas contradicen la cooperación mundial. Los políticos populistas predicaban que si eres patriota, debes oponerte a las instituciones globales y la cooperación global. Sin embargo, no hay contradicción inherente entre patriotismo y globalismo, porque el patriotismo no consiste en odiar a los extranjeros. El patriotismo consiste en amar a tus compatriotas. Y en el siglo XXI, si quieres proteger a tus compatriotas de la guerra, las pandemias y el colapso ecológico, la mejor manera de hacerlo es cooperando con los extranjeros.

Copyright Yuval Noah Harari 2022

Traducción: Juan Gabriel López Guix

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